jueves, 26 de noviembre de 2015

Mi nombre es Íñigo Montoya...


Except, not really.

No, mi nombre no es Íñigo Montoya, y el propósito que persigo con la creación de este blog tampoco es vengar la muerte de mi padre. Decepcionante, ¿verdad? Lo es. Pero vais a tener que perdonarme si a estas alturas del partido, y por mucho que la génesis de este espacio sea de carácter eminentemente académico, me tomo las cosas con un poco de humor.

Antes de que una legión de blogueros stultos aparezca blandiendo antorchas y bieldos, me gustaría aclarar de manera oficial que no, no le estoy siendo infiel a La Catarsis Erasmista. Nuestro resquicio pseudohumanista por excelencia sigue plenamente operativo, y así continuará per saecula saeculorum o, como decían los galos, al menos hasta que el cielo caiga sobre nuestras cabezas.



Bromas aparte, vamos al meollo del asunto.

Me llamo Iris (no Íñigo Montoya), tengo veintitrés años, y soy Graduada en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid. No pertenezco a ninguna especialidad concreta, porque tuve a bien cursar optativas de todos los itinerarios posibles, pero eso no es algo de lo que me avergüence. Más bien al contrario.

En cualquier caso, lo que me trae hoy aquí no son mis desventuras complutenses, sino  mi ocupación académica actual, y es que desde el pasado septiembre estoy cursando el Máster Universitario de Formación del Profesorado de Educación Secundaria, Bachillerato, FP e Idiomas en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

Ésta es mi cara de ser feliz en vacaciones. En época lectiva tengo más ojeras.

Entre las tareas que nos están mandando realizar en el máster, que no son pocas (gracias, Plan Bolonia), se incluyen aquellas relativas a la asignatura de Innovación educativa y TICs aplicadas a la enseñanza. Huelga decir que la creación de este espacio es una de ellas. ¿A santo de qué, si no, iba yo a emprender un nuevo proyecto bloguero? Creo que con esto queda todo aclarado. Ya podéis bajar las armas, exaltados stultos.


En esta primera entrada de Profesor Gumby o la inesperada virtud de la enseñanza (hay que ver lo que está dando de sí el título de la película de Iñárritu), se supone que debo presentarme y explicar por qué estoy cursando este máster. Lo primero ya lo he hecho, así que vamos a dar paso al siguiente punto sin más dilación.

¿Qué razones me han llevado a cursar el Máster de Formación del Profesorado? Ojalá lo supiera.

Aunque, a decir verdad, sí lo sé. Desde que tengo uso de razón he querido dedicarme a la enseñanza. Antes incluso de haber decidido qué quería estudiar –arduo proceso que me llevó a coquetear con disciplinas como la Biología, la Psicología, la Filología y la Música– sabía que, eligiera lo que eligiera, quería estudiarlo para poder transmitir ese conocimiento a otros.

Cuando por fin me decanté por la Historia del Arte no lo hice porque fuera una carrera "muy bonita", que parece ser la única cualidad que el ciudadano medio de a pie asocia a esta disciplina (ésa, claro, y la de que "no tiene salidas"). No me malinterpretéis: la Historia del Arte es preciosa, como lo es toda disciplina humanista, pero mi objetivo principal al cursar esta carrera era dar clases en un futuro no muy lejano.


Gran parte de culpa de que esté hoy cursando este máster la tienen los docentes con los que me he cruzado a lo largo de mi trayectoria como alumna. Aunque muchos compañeros recuerdan el instituto como una etapa más o menos traumática de sus vidas, para mí los años que pasé en la ESO y Bachillerato supusieron un proceso de crecimiento y madurez académica y personal que me ha convertido en el proyecto de persona adulta que soy hoy en día. Y los responsables de que recuerde con tanto cariño esta etapa académica son, mayoritariamente, mis profesores.

No en vano, mi dedicatoria del TFG reza así:
«A los cuatro pilares de mi experiencia académica: a Fernando, por guiarme pacientemente a través de los años; a José Ángel, por fracasar en su empeño por apartarme de su camino; a Carlos, por abrirme los ojos (y los oídos) ante el mundo del inmortal Bardo; a Jose, por ampliar las fronteras del arte y convertirlo en un todo. A vosotros, gracias por ser la génesis de este trabajo.»
Quizá no haya sido buena idea dejaros leerla porque ahora podéis tacharme de sensiblera, y con razón (aunque todavía no he llorado con Titanic, pero porque todavía no la he visto). No obstante, eso no me hará cambiar de opinión con respecto a la importancia del papel que estos y otros profesores han jugado en mi formación.

¿A dónde nos dirige todo esto? Al hecho de que yo también quiero ser uno de esos profesores que marcan la diferencia en la vida académica de sus alumnos. No tengo más pretensión en mi carrera profesional que la de ser un docente que consiga que los estudiantes tengan fe en el valor y el poder de la educación. Me gustaría poder demostrarles hasta qué punto es fundamental esa formación que están recibiendo en el instituto, y cómo resulta indispensable que el proceso formativo tenga continuidad fuera del aula, si no de manera autónoma sí por iniciativa propia, orientándolo hacia los intereses particulares de cada uno.

Partiendo de la famosa máxima "aprender a aprender", siento y creo firmemente que debo insistir en "entender la importancia de aprender".


Más allá de impartir una serie determinada de conocimientos a los pobres chiquillos que pasen por mis manos en los institutos, me gustaría que mi labor sirviera para abrir las puertas del conocimiento a los alumnos. "Hay mucha información ahí fuera y está al alcance de todos vosotros", podría decirles. "Aquí tenéis herramientas y unas pequeñas directrices para que podáis embarcaros en la aventura de descubrir hasta donde podéis llegar". Por muy humilde que pueda aparecer mi aportación en ese sentido, me parece indispensable para tratar de conseguir que a las nuevas generaciones de alumnos les pique la curiosidad por el estudio y la investigación.



Pero recuperemos el tono distendido antes de que esto se convierta en un alegato sentimentalista lo suficientemente plomo como para acabar de un plumazo con todas mis oportunidades de conseguir un trabajo en el futuro.

El caso es que quiero ser profesora. Aquí, en Irlanda, o donde me dejen, si es que me dejan en algún sitio. Quiero ponerle a mis alumnos el Hércules de Disney para repasar los atributos iconográficos del panteón griego. Quiero llegar un día a clase con una Xbox debajo del brazo y decir que el primero que acierte el diámetro del tambor de la cúpula del panteón de Agripa consigue cinco minutos para escalar por dentro de la misma con Ezio Auditore mientras recordamos qué diantres era un casetón, y un óculo. Quiero que mis alumnos vean este vídeo cuando estén saturados de arte contemporáneo, y que al menos se echen unas risas a costa de Picasso pedaleando por Inglaterra...


Y así, hasta que el cuerpo aguante.


Si sabré o no defenderme delante de una clase de treinta alumnos en la edad del pavo todavía está por ver, así que podemos, si os apetece, abordar el tema en futuras entregas. Al fin y al cabo, el 11 de enero (día después de la gala de los Globos de Oro, no os digo nada y os lo digo todo) dan comienzo mis prácticas del máster. Hasta entonces, que Ningirsu se apiade de mi alma pecadora mientras leo y analizo PECs, PGAs, POAPs, PATs, RRIs y documentos semejantes.

En manos de la LOE y la LOMCE encomiendo mi espíritu. 



PROXIMAMENTE...
(de hecho, y a poder ser, mañana)

¿Cómo afectan las nuevas tecnologías a la docencia y el aprendizaje?
Breve reflexión (y susceptible de ser evaluada, me temo) sobre el maravilloso mundo de las TICs.

2 comentarios:

  1. Voy a seguirte ya que me ha parecido muy interesante y con una manera muy divertida de explicarlo. Espero tu próxima publicación.

    ResponderEliminar